martes, 26 de enero de 2016

COMIENZO A TRABAJAR

El 16 de febrero de 1960 se casó mi hermano Pedro con Dora Pérez; y en el mes de marzo me llamaron a trabajar de la Cooperativa de Electricidad, en cuya bolsa de trabajo me había anotado mi ex maestro de cuarto grado, Eduardo Cesáreo Marroquín, a la sazón empleado de la cooperativa.

Mi primer día laboral (que fue el 4 o 5 de marzo) me tuve que presentar en la oficina que estaba en la vieja casona de calles Belgrano y Chacabuco (hoy óptica Martiarena) que era propiedad de los Macchiavelli, a la sazón accionistas de la ex Usina Popular S.A.

Ese día amaneció lluvioso, y enfundado en un piloto que era de mis hermanos mayores -que me quedaba bastante holgado por cierto- partí en bicicleta a mi flamante trabajo. Por ser el primer día, tuve que presentarme a las 9 de la mañana, porque el horario de era de 7 a 13 horas. A modo ilustrativo, debo decir que ese día, dejé mi bicicleta apoyada en uno de los árboles de la vereda y allí quedó hasta las 13 horas en que terminaba la jornada laboral, sin que nadie la tocara. Ese clima pueblerino era el que se vivía en Venado Tuerto y que hoy añoro con nostalgia, sin rejas ni candados para resguardarnos de los amigo de lo ajeno.
Ese mismo año mí hermana Patricia entró a trabajar al Estudio del Dr. Adhemar Sarbach y el Escribano Alcides Perrier; y aunque ella hoy está retirada,  todavía sigue trabajando con el Dr. Carlos Martín, quien pasó a ser el titular del estudio después del fallecimiento del Dr. Sarbach y cuyo buffete todavía está en 25 de mayo 681.

Mi primera tarea en la cooperativa fue confeccionar las facturas de luz. En ese tiempo nos daban una carpeta con 240 planillas donde, además del nombre y domicilio del usuario y el número del medidor, estaban detallados mensualmente el estado del medidor anterior, el
Personal Administrativo CEVT 1960: Eduardo Marroquín, Luis
Quaranta, Marcelo Agusti, Gloria Diez, Eugenio Pagella, Oscar
Gasperini, Marcelo Nievas, Héctor Virelaude (oculto) Edith
Teglia, Marta Cachero, Ricardo Sartori, Raúl Martín, Carlos
Martín y José Wallace
actual y el resultado del consumo registrado en el mes. Esos 240 medidores debían ser registrados diariamente por el “el toma estado”, trabajo que realicé un tiempo después.
Para confeccionar los recibos teníamos que escribir el nombre y domicilio del abonado, luego el estado del medidor anterior y el actual y luego el resultado. La tarifa era escalonada, para lo cual me dieron una tabla que puse frente a mí  con escalas de 10 kwh. Del uno al diez era una tarifa, del once a veinte otra y así sucesivamente. El importe total estaba en la misma tabla, con deducción de impuestos, de manera que lo único que hacía era copiar lo que la tabla me indicaba. En ese tiempo los cobradores utilizaban una sola maquinita para sumar que era muy pequeña y con una manija, porque las eléctricas todavía no existían o eran inalcanzables. Antes de tener esta maquinita, sumaban mentalmente toda la recaudación.

Años más tarde se contrató a una empresa que grababa en relieve sobre una chapita de 0,6 x 0,4 cm (aproximadamente) el nombre y la dirección del usuario, lo que nos ahorraba mucho tiempo. Esas  chapitas las colocábamos en orden en un dispositivo de un armatoste de hierro (parecido a una plancha de tintorería) y cuando la accionábamos manualmente una por una, iba imprimiendo la boleta. Como había que golpear para que estampara el escrito en la factura, la máquina hacía un ruido que rompía la paciencia, por eso el trabajo se hacía en otra dependencia aparte.

Antes de cumplir el año me ascendieron y pasé a la categoría de “Toma Estado”. Era un trabajo hermoso. Además de andar todo el día en la calle, uno iba conociendo gente y lugares que jamás hubiera imaginado que existían. En el plantel administrativo había dos “toma estados”, y un mes uno hacía las carpetas pares y el otro las impares y al mes siguiente al revés. Esto permitía que cualquier error que hubiera en la lectura de los medidores fuera advertido más fácilmente. Cuando en un domicilio se registraba un exceso de consumo, debíamos llamar al abonado y comunicarle que se estaba gastando más corriente de lo habitual. Esto podría ser que agregó algún artefacto de mucho consumo (estufa eléctrica, aire acondicionado, freezer) o bien una pérdida de corriente en la instalación. De esa manera el usuario estaba advertido de la pérdida, que además de peligrosa, era un gasto que no redituaba ningún beneficio. Muchas veces se detectaron cables pelados que estaban en contacto con paredes con humedad, lo que era peligroso. Esto era muy común en casas precarias, de gente humilde.



NECROLOGÍA
El 26 de diciembre de 1962 Venado Tuerto amaneció con la noticia de un hecho trágico. En las vías del ferrocarril de la ciudad de Firmat, fue hallado sin vida el joven MIGUEL CREUS, de 27 años.  No hay crónicas que comenten el hecho, pero se sabe que fue ultimado. Miguel había nacido en Venado Tuerto el 9 de septiembre de 1935 y cursó sus estudios en ENET (Colegio Industrial) del que egresó en el año 1955. Hijo de Eduardo Creus, propietario de la legendaria “Farmacia Roca” de calle San Martín e Iturraspe. Los restos de Miguel descansan en el cementerio de Venado Tuerto donde hay una placa que reza: “26-12-1963 En tu memoria, tus condiscípulos Promoción 1955 Escuela Nacional de Educación Técnica”.



 Un hecho violento

Hacía muy poco tiempo que había entrado a trabajar y todavía no entendía muy bien cómo era el mecanismo gremial/patronal, de manera que hubo algunos hechos que me sorprendieron, desde mi perspectiva, por el modo impetuoso con que se desarrollaron.

En ese tiempo todavía no existía la auditoría externa, simplemente se hacían controles entre el personal administrativo y cuando surgían diferencias muy comunes entre la entrada y salida contable, entre el cajero y los cobradores, el contador tomaba cartas en el asunto y en conjunto buscaban las diferencias. Sin duda actualmente, con el avance de la tecnología, estos errores humanos son detectados y corregidos al instante.

Un día como tantos surgió una diferencia y de inmediato se inició la tarea de control. Las horas pasaban y la diferencia no aparecía, entonces comenzó a inflarse el globo porque a medida que avanzaba el conteo se iban detectando otras algunas irregularidades. Ante este panorama, el Consejo de Administración designó al estudio contable de  Paulini y Dabove, para que efectuara la correspondiente auditoría. Efectuados los controles preliminares, se detectaron "errores" que hacían sospechar una defraudación, razón por la que se procedió a la correspondiente presentación judicial.  Varios cayeron en la volteada, algunos inocentemente y otros por cubrirle la espalda a un compañero terminaron complicándose ellos mismos. Los que cayeron inocentemente adujeron seguir instrucciones de sus superiores sin saber que estaban incurriendo en encubrimiento, aunque la justicia consideró falta de mérito para sus despidos y unos años más tarde fueron reincorporados.

En ese intríngulis, se metió en el bolongui el secretario del Consejo de Administración, que  por razones obvias voy a llamar “el grandote” y que nada tenía que ver con la administración de la cooperativa, pero en este caso estaba para interiorizarse de la situación e informar al Consejo.

Este personaje (que no era otra cosa que un vulgar alcahuete) estaba siempre husmeando y hablando al pedo todo el día entre el personal, contando cuentos y haciendo chistes, mientras vigilaba y cumplía con su tarea de correveidile.

El tipo había sido despedido del Banco Nación a raíz de la huelga bancaria del año 1959 durante el gobierno de Arturo Frondizi, en la que seis mil doscientos bancarios fueron cesanteados. Fue así que, mediante un acuerdo entre los gremios de Luz y Fuerza y Bancarios, el grandote consiguió este trabajo cuando se funda la Cooperativa de Electricidad de Venado Tuerto.

En esos días, y en pleno desarrollo de la auditoría, a través de los parlantes de Publicidad San Martín (hoy LT29 Radio Venado Tuerto), le hicieron un reportaje al secretario general del Sindicato de Luz y Fuerza Ricardo San Esteban. En esa entrevista, San Esteban trató de poner paños fríos al alboroto que se desató en la ciudadanía respecto al presunto desfalco, que todavía no había sido probado. De esa manera y muy sutilmente, dijo que los rumores tendenciosos podrían provenir desde de la misma cooperativa con la intención de perjudicar a los afiliados del sindicato. Así, y sin nombrarlo, estaba apuntado al grandote, o sea al Secretario del Consejo de Administración.

El día siguiente amaneció lloviendo y San Esteban entró apurado por la puerta del frente de la oficina (Belgrano y Chacabuco), contrariamente a lo habitual, que se ingresaba por calle Chacabuco. Apenas ingresó todo empapado, fue abordado ferozmente por el grandote que le propinó una trompada en pleno rostro. San Esteban tambaleó ante el ataque sorpresivo y comenzó a sangrar profusamente a raíz de un corte que le produjo el anillo del agresor. San Esteban sangraba copiosamente y la mezcla de sangre y agua, pintaba un panorama más trágico de lo que en realidad era, aunque no por eso menos desagradable.

Ese día lo recuerdo como si fuera ayer. Nunca había presenciado un hecho de esta naturaleza. Bajeza y cobardía. Seguramente el grandote observó mi cara de reproche y tal vez escuchó algo que expresé en ese momento confuso, porque desde ese día el muy sinvergüenza me apodó “Nikita Wallace”, en referencia a Nikita Kruschev Presidente de la URSS, dado que San Esteban era un activo militante del Partido Comunista.

Más adelante, amigotes del grandote le tendieron una cama a San Esteban y quedó imputado (no sé a través de qué artilugio) en el desfalco del cobrador que originó todo el bolonqui, y por lo que fue cesanteado hasta tanto se esclareciera su situación, cosa que nunca ocurrió. A la vez se comenzó a fogonear una estrategia para expulsarlo del Sindicato de Luz y Fuerza del que era Secretario General.

Despedido de la Cooperativa y del sindicato, quedó a la deriva y se fue a vivir a la ciudad de Rosario. La pérdida del cargo en el gremio le costó el prestigio del que gozaba en el Partido Comunista, y según comentarios de la época, fue degradado. 

En aquellos años, en pleno Stalinismo, era tal la gravitación que tenía en el partido, que solicitó un mes de permiso sin goce de sueldo para irse de gira por la URSS y la República Popular China que organizó el partido allá por la década del 60. Cuando regresó de ese periplo, hablaba maravillas de los países comunistas, pero no convencía a nadie. 

Entre los compañeros de trabajo lo apodamos “El Panadero”, porque vivía hablando de la masa. Sus discursos eran repetitivos. Siempre comenzaba con los mártires de Chicago, para continuar fustigando a las botas y sotanas, a la Sociedad Rural y a los terratenientes, a los ganaderos y a los latifundios y a toda la oligarquía. Una época perimida, pero no por ello menos complicada que la actual, donde todavía quedan resabios de esa cantinela.

En cuanto al personaje en sí, al margen de su tozudez por querer imponer sus criterios en el gremio, el hombre era honesto. Esto es lo que más me dolió cuando le tendieron la cama. Recuerdo que este tema lo había hablado con mi viejo, quien me dijo que el hecho de que fuera comunista no era motivo para despedirlo y mucho menos si el hombre no había cometido ningún delito.

Muchas personas complican su vida cuando se vuelven fanáticas. Eso fue lo que -a mi criterio- le pasó a San Esteban, se fanatizó tanto con su ideología que hartó a todos los afiliados del gremio, especialmente a los de Venado Tuerto, que no lograban voltearlo porque tenía el respaldado de la gran mayoría de los afiliados de los pueblos vecinos que lo apoyaban abiertamente, sin importarles su adhesión política, atento a que atendía sus reclamos.

El pedido de renuncia llegó a tal extremo que en una asamblea hubo aprietes y llantos. Un afiliado que tenía dedos como una morsa le dijo que si no renunciaba lo iba estrangular con dos dedos, el índice y el pulgar, mientras que otro lloraba pidiéndole “por favor” que renunciara por el bien de todos.

Creer o reventar, eran épocas de mucho ajetreo porque a medida que las pequeñas usinas de los pueblos se iban cerrando, la cooperativa de Venado tenía que absorber a sus empleados, lo que implicaba una tracalada de negociaciones, que según manifestaciones de otros integrantes de la comisión gremial, San Esteban estaba descuidando.

En medio de todo este berenjenal, se logró el objetivo y la cooperativa de Venado Tuerto surgió como una de las empresas mejor administradas de la provincia para orgullo de los ciudadanos que todavía hoy, cuentan con un servicio eléctrico óptimo. Sin duda, los venadenses le hemos puesto el hombro a todos los servicios públicos (Luz, cloacas, agua corriente) sin pedirle un peso al estado nacional ni provincial. Todo fue costeado por los venadenses.


Servicio Militar

En enero del año 1963 me convocaron al servicio militar obligatorio, el que cumplí desde  el 10 de febrero de 1963 hasta el 23 de marzo de 1964. Durante ese período tuve el privilegio de percibir el 50% de mis haberes, conquista del Sindicato de Luz y Fuerza y que no todos los gremios habían logrado. 

El 10 de febrero me tuve que presentar a las 7 de la mañana en la estación de ferrocarril Rosario Norte y al primero que encontré apoyado en uno de los soportes de la estación fue a Ramón Rodríguez, “El Turco”, que era de Sancti Spíritu y nos conocíamos del colegio. Cuando el turco me vio abrió los brazos se vino hacia mí y dijo: “¡Por fin encuentro un conocido!” Y a mí me pasaba lo mismo, porque de todos los conocidos de Venado, el único al que habían convocado primero fue a mí. Con el turco terminamos en la Escuela General Lemos de Campo de Mayo donde pasamos los 13 meses y 13 días.
Cuando volví a trabajar me pusieron de secretario de la gerencia, cargo que ocupé durante unos meses porque después pasé al sector cobranzas; y al igual que el trabajo de toma estado, que se hacía puerta a puerta, conocí a mucha gente. Incluso iba a cobrar a las localidades de San Francisco, La Chispa y Miguel Torres. Un año reemplacé al cobrador de Maggiolo que se había tomado vacaciones. En 2014 fui a visitar esos lugares y prácticamente todos han progresado, aunque La Chispa que era un pueblito ordenado, lo encontré totalmente abandonado.

Billetes al viento
Un día de mucho viento, eran las doce cuarenta y cinco, ms o menos, iba en bicicleta a hacer la rendición de lo recaudado, cuando en la intersección de calles Alvear y San Martín se me cayó la billetera. Era un día de mucho viento y los billetes comenzaron a volar por los aires, y los cheques quedaron en la billetera porque estaban doblados en un compartimento aparte. Los empleados del Banco Ganadero (hoy Banco Río) vieron lo que sucedía y uno de ellos de apellido Verón (un muchacho que era locutor de LT29) me ayudó a juntar los billetes junto a otras personas que circunstancialmente circulaban por el lugar (entre ellos don Chiapinotto, el de los mostachos de la fábrica de elásticos); y entramos al banco para acomodar lo rescatado. Como dije antes, el viento soplaba a lo loco y algunos billetes no se recuperaron. Tuve un faltante y las autoridades de la Cooperativa no me apercibieron, pero me dieron la oportunidad de reponer el dinero en dos o tres veces (no era una cantidad exagerada, pero para mí era mucho dinero). Fue entonces cuando mis compañeros hicieron una banca y me ayudaron a la reposición. De todos los cobradores hubo uno  que se negó a colaborar, un tal Secundino Correa, pero eso lo dejo de lado, las personas se conocen por sus actitudes. Recuerdo que quise de alguna manera recompensarlos por lo que habían hecho por mí, pagando un asado, pero mi amigo Armando Peppino me dijo: “Si pagás un asado para todos, te va a salir más caro que lo que perdiste”. De manera que el gesto solidario quedó simplemente en el agradecimiento, que hoy reitero en mis memorias.

COMPUTADORA

A fines de 1966 fui comisionado junto con Héctor “Cacho” Aguilera a tomar lecciones para el manejo de una computadora IBM que la cooperativa había comprado a principios de ese año a una empresa canadiense que ya la había dado de baja por obsoleta; la compra se efectuó a través de los auditores del Estudio Contable Suez, Gurruchaga y Asociados que había ganado el concurso de auditoría.

Estos auditores, y los técnicos de IBM, comenzaban a cobrar sus honorarios a partir del momento que el colectivo partía desde la Estación Once, en Buenos Aires; y los auditores lo hacían en vehículos propios, pero igualmente cobraban sus honorarios como los de IBM que viajaban en colectivo. Se pagaban sumas siderales en honorarios, lo que inquietó al gremio, que cuestionó estos acuerdos de honorarios excesivos, considerando que en Venado Tuerto había  profesionales idóneos para el cargo. Años más tarde los auditores fueron locales.
La computadora era de tres cuerpos: La operadora, la lectora y la impresora.

El operador le proveía los datos por la operadora y los enviaba a la lectoraque ingresaba el nombre y dirección del abonado y el estado anterior del medidor; el operador digitaba el estado actual y le daba enter para que la máquina automáticamente hiciera los cálculos que luego trasmitía a la impresora. Esto sucintamente para tener una idea. Cada parte era un tremendo armatoste que prácticamente ocupaba toda la habitación. También se arrendó una clasificadora, que ordenaba las tarjetas por apellido y nombre, o por domicilio, según se requería.

Hubo que montar una habitación especial con aire acondicionado para que las tarjetas no se humedecieran y se armó un equipo de trabajo transitorio de 6 operadores, 2 por turno (con acuerdo del gremio) para que se utilizara al máximo la computadora, dado que la facturación estaba atrasada 4 o 5 meses. Iniciábamos la jornada a las 5 de la mañana y nos retirábamos a las 19 divididos en tres turnos de 7 horas cada uno.

Al principio llevó mucho tiempo poner la máquina a punto. Fue muy complicado porque se estaba experimentando con los programas. Además se utilizaban distintos paneles y seguramente al retirarlos y volverlos a colocar algo se salía de madre y se complicaba todo.
13 de julio de 1961
Algunas versiones decían que la máquina había sido golpeada accidentalmente en el puerto, motivo suficiente para que no arrancara de entrada teniendo en cuenta la sensibilidad de todo el sistema. Finalmente se logró poner los programas a punto y se comenzó a trabajar con normalidad, aunque cada tanto sufríamos algún tropiezo. 
Creo que fue la primera computadora de esta amplitud que se instaló en Venado Tuerto, y por supuesto, hubo muchas críticas porque decían que suprimía personal, lo que resultó totalmente opuesto. A la máquina había que darle información y eso requería más gente y trabajo. Lo que tenía la máquina era la precisión. No había lugar a error matemático, contrariamente a los errores humanos que se detectaban en las facturas elaboradas a mano.
Cuando se puso la facturación al día, debió acelerarse la cobranza, que en ese tiempo era domiciliaria. Ahí se complicó nuevamente porque muchos comenzaron a protestar porque se inició la cobranza cada 20 días. De todas maneras, lentamente fue normalizándose y se estableció flexibilidad para el pago. Aunque, a decir verdad, los morosos eran siempre los mismos y algunos abonados cumplidores querían pagar adelantado, lo que no se podía hacer por razones de organización, mientras que los morosos, hacían sus reclamos a través de organizaciones sindicales, ya que en ese entonces había gobierno de facto (Onganía/Lanusse) y no funcionaban los congresos y por consiguiente no había Concejo Municipal.
Tengo un vago recuerdo de los técnicos de IBM. El jefe era un tal Mansilla, hablador al dope; era un tipo que andaba siempre de traje y corbata, pero de aspecto muy poco aseado. Era el que conducía el curso de programación y en esos días su señora había tenido familia y el tipo se venía a las oficinas de IBM, que entonces estaban en Paseo Colón, cargando a la criatura con un moisés.

 Solía venir a reparar los desperfectos un tal Cardozo, un tipo de buena onda; suboficial retirado del ejército.  Del estudio de auditores venía un pibe a quien apodamos “bombachita de goma”, porque no se levantaba ni para orinar; un tal Guerra, rubio petiso, parecido a Ulises Dumont, que era la joda total. Siempre recuerdo que los tipos criticaban al personal de la cooperativa porque a las 13:01 minutos ya estaban marcando la tarjeta de salida. No sé qué pretendían, ¿que nos quedáramos a dormir en la cooperativa? Además se cumplía estrictamente con las 7 horas corridas. Ellos estaban acostumbrados a otro ritmo de vida y aparentemente trabajaban sin horario y con remuneraciones mucho mayores.

Anéctoda al paso
Fecha: 10/08/16
Hace unos días me encontré con uno de los hermanos Nievas y recordábamos los tiempos de trabajo en la Cooperativa de Electricidad. Entre otras cosas le comenté que días pasados me había encontrado con Néstor País.  No pude seguir comentándole mi encuentro, porque se adelantó para decirme: “Pero el petiso País se murió”. “No -le respondí- si estuve con él hace unos días, cuanto mucho un mes atrás”. Entonces el comentario siguió con que si había muerto o no. Yo seguía sosteniendo que aún estaba con vida. No obstante, unos días después
pasé frente a la casa de Néstor y me encontré con su vecino, a quien impuse sobre lo que me habían informado. El vecino me dio la razón. Néstor estaba vivo, pero fue internado en un geriátrico porque necesitaba atención permanente. En consecuencia, seguía con vida. Moraleja: “Le prolongué la vida”.
A Nievas le quería comentar que cuando me encontré con Néstor, le había dicho que hacía unos días estaba mirando fotos viejas y me encontré con varias del gremio de Luz y Fuerza; entre ellas, una que fue tomada en una cena que se sirvió en el antiguo Club Central (hoy ISES) de calle Mitre.  En esa foto, de los 24 que estamos en ella, solamente quedamos 5 con vida: Vivas, Burgos, Latini, País y yo. Los demás son finados.

"Mi tía Brígida"

Un día me llamó a su oficina el gerente de la Cooperativa, el Ing. José María Vieguer. Era para preguntarme si la señora Brígida Kenny domiciliada en calle Casey 450 era mi tía. “Sí, le contesté, efectivamente es mi tía y además mi madrina”. Confirmado el parentesco, el gerente continuó: “Usted sabe que la señora ha venido a radicar una denuncia, diciendo que el cobrador le había arrebatado la cartera haciendo una maniobra que la hipnotizó. Además dijo que usted era su sobrino pero no quería que le dijéramos nada sobre este hecho. El tema es que se trata de un asunto muy delicado y no sabemos qué actitud tomar, teniendo en cuenta que involucra a uno de los cobradores, cuya honestidad y corrección no está cuestionada. Además le dijimos que teníamos que labrar un acta que debía firmar; fue ahí cuando se puso de pie y dijo que ella no firmaría nada y se retiró”.

Demás está decir que el asunto me cayó para la m… Pero como ya sabíamos en el ambiente familiar que tía Brígida andaba a los tumbos con su sesera, respiré hondo y le pedí al gerente que por favor desestimara la denuncia porque la anciana no estaba en sus cabales.

Unos días antes en la carnicería del señor Musini que estaba en calle Belgrano y 9 de julio, había protagonizado un hecho similar. Cuando llegó el momento de pagar la compra, no encontraba la billetera y lo encaró a un cliente que estaba esperando a ser atendido: “Usted me robó la cartera” le dijo increpándolo fuertemente. El hombre levantó los brazos y negaba la acusación, entonces el dueño del negocio le pidió que se fijara bien en el bolso donde tenía la mercadería. Cuando trató de ayudarla, ella se opuso y comenzó a hurgar por su cuenta entre la carne y la verdura, donde encontró su billetera. La vieja estaba perdida, pero más que nada, obsesionada con que todo el mundo quería robarle la plata. Finalmente pagó su cuenta y se retiró sin disculparse.

El tema del dinero entre los ancianos suele ser una de sus obsesiones, máxime cuando han sido estafados. Eso fue lo que le pasó a tía Brígida que había invertido sus ahorros en una famosa financiera de la época conocida como ONAPRI, que pagaba intereses exorbitantes y que finalmente presentó quiebra.

Más tarde nos enteramos por qué tía Brígida iba de compras hasta el negocio del señor Musini, habiendo otros similares a la vuelta de su casa. Es que iba a verlo a don Spigariolo, un tano que tenía su peluquería por calle Belgrano a media cuadra de 9 de julio. Spigariolo era la voz cantante de los estafados que alborotó el avispero en Venado Tuerto. Los diarios de la época resaltaban que Venado Tuerto, junto con la ciudad de Córdoba, había sido la ciudad del interior mayor afectada por los estafadores.[1]






[1] Primera Plana – 22 de enero de 1963.  “Cuando estalló el caso ONAPRI a mediados de diciembre de 1962, se originó un pánico similar al que podría haber causado la quiebra de un banco. ONAPRI era en cierta manera algo más que un banco, pese a que la SRL tenía declarado tan sólo un capital de veinte millones de pesos”
(continúa)

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