martes, 26 de enero de 2016

COMIENZO A TRABAJAR

El 16 de febrero de 1960 se casó mi hermano Pedro con Dora Pérez; y en el mes de marzo me llamaron a trabajar de la Cooperativa de Electricidad, en cuya bolsa de trabajo me había anotado mi ex maestro de cuarto grado, Eduardo Cesáreo Marroquín, a la sazón empleado de la cooperativa.

Mi primer día laboral (que fue el 4 o 5 de marzo) me tuve que presentar en la oficina que estaba en la vieja casona de calles Belgrano y Chacabuco (hoy óptica Martiarena) que era propiedad de los hermanos Macchiavelli, a la sazón accionistas de la ex Usina Popular S.A.

Ese día amaneció lluvioso, y enfundado en un piloto que era de mis hermanos mayores -que me quedaba bastante holgado- partí en bicicleta a mi flamante trabajo. Por ser el primer día, tuve que presentarme a las 9 de la mañana, aunque el horario establecido era de 7 a 13 horas. A modo ilustrativo, debo decir que ese día dejé mi bicicleta apoyada en uno de los árboles de la vereda y allí quedó hasta las 13 horas en que terminaba la jornada laboral, sin que nadie la tocara. Ese clima pueblerino es el que hoy añoro con nostalgia de mí querido Venado Tuerto, libre de rejas y candados, contrariamente a como vivimos actualmente para resguardarnos de los amigos de lo ajeno. 

Ese mismo año mí hermana Patricia comenzó a trabajar en el Estudio del Dr. Adhemar Sarbach y el Escribano Alcides Perrier; y aunque ella hoy está retirada,  todavía sigue trabajando con el Dr. Carlos Martín, quien pasó a ser el titular del estudio después del fallecimiento del Dr. Sarbach y cuyo buffete todavía está en 25 de mayo 681.

Mi primera tarea en la cooperativa fue confeccionar las facturas de luz. En ese tiempo nos daban una carpeta con 240 planillas donde constaba el nombre y domicilio del usuario y el número del medidor, además estaban detallados mensualmente el consumo que registraba el medidor, anotabamos el registro actual y le descontábamos el del mes anterior, de ahí deducíamos el consumo mensual.
Personal Administrativo CEVT 1960: Eduardo Marroquín, Luis
Quaranta, Marcelo Agusti, Gloria Diez, Eugenio Pagella, Oscar
Gasperini, Marcelo Nievas, Héctor Virelaude (oculto) Edith
Teglia, Marta Cachero, Ricardo Sartori, Raúl Martín, Carlos
Martín y José Wallace
Esos 240 medidores debían ser registrados mensualmente por “el toma estado”, trabajo que realicé un tiempo después. 


Para confeccionar los recibos teníamos que escribir el nombre y domicilio del usuario, luego con el estado del medidor anterior anotábamos el actual y deducíamos el resultado. La tarifa era escalonada, para eso nos dieron una tabla que puse frente a mí  con escalas de 10 kwh. Del uno al diez era una tarifa, del once a veinte otra y así sucesivamente. El importe total estaba en la misma tabla, con deducción de impuestos, de manera que lo único que hacíamos era copiar lo que la tabla nos indicaba. En ese tiempo los cobradores utilizaban una sola maquinita para sumar que era muy pequeña y a manija, porque las eléctricas todavía eran inalcanzables. Antes de tener esta maquinita, sumaban mentalmente toda la recaudación.

Años más tarde se contrató a una empresa que grababa en relieve sobre una chapita de 0,6 x 0,4 cm (aproximadamente) el nombre y la dirección del usuario, lo que nos ahorraba mucho tiempo. Esas  chapitas las colocábamos en orden en un dispositivo de un armatoste de hierro (parecido a una plancha de tintorería) y cuando la accionábamos manualmente una por una, iba imprimiendo la boleta. Como había que golpear para que estampara el escrito en la factura, la máquina hacía un ruido que rompía la paciencia, por eso el trabajo se hacía en otra dependencia aparte o en horarios fuera de lo habitual.

Antes de cumplir el año me ascendieron y pasé a la categoría de “Toma Estado”. Era un trabajo hermoso. Además de andar todo el día en la calle, uno iba conociendo gente y lugares que jamás hubiera imaginado que existían. En el plantel administrativo había dos “toma estados”, y un mes uno hacía las carpetas pares y el otro las impares y al mes siguiente al revés. Esto permitía que cualquier error que hubiera en la lectura de los medidores fuera advertido más fácilmente. Cuando en un domicilio se registraba un exceso de consumo, debíamos llamar al abonado y comunicarle que se estaba gastando más corriente de lo habitual. Esto podría ser porque se agregó algún artefacto de mucho consumo (estufa eléctrica, aire acondicionado, freezer) o bien una pérdida de corriente en la instalación. De esa manera el usuario estaba advertido de la pérdida, que además de peligrosa, era un gasto que no redituaba ningún beneficio. Muchas veces se detectaron cables pelados que estaban en contacto a paredes con humedad, lo que era peligroso. Esto era muy común en casas precarias, de gente humilde.



NECROLÓGICA
El 26 de diciembre de 1962 Venado Tuerto amaneció con la noticia de un hecho trágico. En las vías del ferrocarril de la ciudad de Firmat, fue hallado sin vida el joven MIGUEL CREUS, de 27 años.  No hay crónicas que comenten el hecho, pero se sabe que fue ultimado. Miguel había nacido en Venado Tuerto el 9 de septiembre de 1935 y cursó sus estudios en ENET (Colegio Industrial) del que egresó en el año 1955. Hijo de Eduardo Creus, propietario de la legendaria “Farmacia Roca” de calle San Martín e Iturraspe. Los restos de Miguel descansan en el cementerio de Venado Tuerto donde hay una placa que reza: “26-12-1963 En tu memoria, tus condiscípulos Promoción 1955 Escuela Nacional de Educación Técnica”.



  Un hecho violento


Hacía muy poco tiempo que había ingresado a la Cooperativa de electricidad, y todavía no entendía muy bien cómo era el mecanismo gremial/patronal, de manera que hubo algunos hechos que me sorprendieron por su impetuoso desarrollo, considerando mi condición novata.

En ese tiempo todavía no había auditoría externa, simplemente se hacían controles rutinarios entre el personal administrativo y cuando surgían diferencias entre la entrada y salida contable, entre el cajero y los cobradores, el contador tomaba cartas en el asunto y en conjunto se buscaban las diferencias. Sin dudas actualmente, con el avance de la tecnología, estos errores humanos son detectados y corregidos al instante.

Un día surgió una diferencia y de inmediato se inició la tarea de control. Las horas pasaban y la diferencia no aparecía, entonces comenzó a inflarse el globo porque a medida que avanzaba el conteo se iban detectando irregularidades. Ante este panorama, el Consejo de Administración designó al estudio contable de Paulini y Dabove, para que efectuara la correspondiente auditoría. Efectuados los controles preliminares, se detectaron "errores" que hacían sospechar de una defraudación, razón por la que se procedió a la correspondiente presentación judicial.  Varios cayeron en la volteada, algunos inocentemente y otros por cubrirle la espalda a un compañero terminaron complicándose ellos mismos. Los que cayeron inocentemente adujeron seguir instrucciones de sus superiores sin saber que estaban incurriendo en encubrimiento, aunque la justicia consideró falta de mérito para sus despidos y unos años más tarde fueron reincorporados.

En ese intríngulis, se metió en el bolonqui el secretario del Consejo de Administración, que  por razones obvias voy a llamar “el grandote” y que nada tenía que ver con la administración de la cooperativa, pero en este caso estaba para interiorizarse de la situación e informar al Consejo.

Este personaje (que no era otra cosa que un vulgar alcahuete) estaba siempre husmeando y hablando al pedo todo el día entre el personal, contando cuentos y haciendo chistes, mientras vigilaba y cumplía con su tarea de correveidile. Sabía todo lo que pasaba en la oficina, quién llegaba tarde, quién habló por teléfono, quién fue al baño. En fin, todo el puterío de una oficina. Esa era su tarea además de rascarse las bolas.

El tipo había sido despedido del Banco Nación a raíz de la huelga bancaria del año 1959 durante el gobierno de Arturo Frondizi, en la que seis mil doscientos bancarios fueron cesanteados. Fue así que, mediante un acuerdo entre los gremios de Luz y Fuerza y Bancarios, el grandote consiguió este trabajo cuando se fundó la Cooperativa de Electricidad e incorporó nuevo personal administrativo.

En esos días, y en pleno desarrollo de la auditoría, a través de los parlantes de Publicidad San Martín (hoy LT29 Radio Venado Tuerto), le hicieron un reportaje al secretario general del Sindicato de Luz y Fuerza Ricardo San Esteban. En esa entrevista, San Esteban trató de poner paños fríos al alboroto que se desató en la población ante el presunto desfalco, que todavía no había sido probado. Así, y muy sutilmente, dio a entender que los rumores podrían provenir desde de la misma cooperativa con la intención desacreditar al sindicato. De esa manera, sin nombrarlo, estaba apuntado “al grandote”. Por supuesto, estas aclaraciones estaban de más, pero como buen dirigente de izquierda, era redituable armar quilombo donde no lo había.

El día siguiente amaneció lloviendo y San Esteban ingresó a los apuros por la puerta del frente de la oficina (Belgrano y Chacabuco), contrariando el habitual ingreso que hacíamos por calle Chacabuco. Apenas entró todo empapado, y mientras trataba de acomodarse, fue increpado ferozmente por el grandote que le propinó una trompada en pleno rostro. San Esteban tambaleó ante el ataque sorpresivo y comenzó a sangrar profusamente a raíz de un corte que le produjo el anillo del agresor. La sangre chorreando con  el agua, pintaba un panorama más trágico de lo que en realidad era, aunque no por eso menos desagradable.

Ese día lo recuerdo como si fuera ayer. Nunca había presenciado un hecho de esta naturaleza. Bajeza y cobardía. Seguramente el grandote observó mi cara de reproche y tal vez escuchó algo que expresé en ese momento de confusión, porque desde ese día el muy sinvergüenza me apodó “Nikita Wallace”, en referencia a Nikita Kruschev, Presidente de la URSS, que relacionaba a San Esteban con su militancia en el Partido Comunista.

Más adelante, amigotes del grandote le tendieron una cama a San Esteban que fue imputado (no sé bajo qué cargo) en la causa del desfalco que originó el bolonqui. Por ello fue cesanteado hasta tanto se esclareciera su situación, lo que nunca ocurrió. A la vez se comenzó a fogonear una estrategia para expulsarlo del Sindicato de Luz y Fuerza.

Despedido de la Cooperativa y expulsado del sindicato, quedó a la deriva y se fue a vivir a la ciudad de Rosario. La pérdida del cargo en el gremio le costó el prestigio del que gozaba en el Partido Comunista, y según comentarios de la época, fue degradado.

En esos años aún existían resabios del estalinismo y San Esteban tenía mucho predominio en el partido, a tal punto que solicitó un mes de licencia sin goce de sueldo para emprender un periplo por la URSS y la República Popular China que organizó el partido. Cuando regresó de ese viaje, hablaba maravillas de los países comunistas, pero no convencía a nadie. Sobre estos “viajes de estudio y adoctrinamiento” que organizaba el PC recomiendo leer el libro de Jorge Sigal “El día que maté a mi padre”, en el que da cuenta en uno de sus capítulos, sobre su travesía por la URSS en el año 1970 cuando apenas tenía 17 años. [1]

Entre los compañeros de trabajo de San Esteban,  lo apodamos “El Panadero”, porque vivía hablando de la masa. Sus discursos eran repetitivos. Siempre comenzaba con los mártires de Chicago, para continuar fustigando a las botas y sotanas, a la Sociedad Rural y a los terratenientes, además de los ganaderos y latifundios y por supuesto a toda la "oligarquía". Una época perimida, pero no por ello menos complicada que la actual, donde todavía quedan resabios de esa cantinela repetitiva.

En cuanto al personaje en sí, al margen de su tozudez por querer imponer sus ideas políticas/partidarias por sobre los principios gremiales, el hombre era honesto. Esto es lo que más me dolió cuando le tendieron la cama. Recuerdo que este tema lo había conversado con mi viejo, quien me dijo que el hecho de que fuera comunista no era motivo para despedirlo y mucho menos si el hombre no había cometido ningún delito.

Muchas personas complican su vida cuando se vuelven fanáticas. Eso fue lo que -a mi criterio- le pasó a San Esteban, se fanatizó tanto con su ideología que hartó a todos los afiliados del gremio, especialmente a los de Venado Tuerto, que no lograban voltearlo porque tenía el respaldado de la gran mayoría de los afiliados de los pueblos vecinos que lo apoyaban abiertamente, sin importarles su adhesión política, atento a que atendía sus reclamos.

El pedido de renuncia llegó a tal extremo que en una asamblea general hubo aprietes y llantos. Un afiliado que tenía los dedos como una morsa le dijo que si no renunciaba lo iba estrangular con "estos dos dedos", dijo alzando su mano y mostrando sus dedos índice y pulgar cual si fueran una pinza; en tanto otro lloraba y le pedía “por favor” que renunciara por su propio bien y  el  de todos los afiliados.

Creer o reventar, eran épocas de mucho ajetreo porque a medida que las pequeñas usinas de los pueblos se iban cerrando, la cooperativa iba absorbiendo a sus empleados, lo que implicaba una tracalada de negociaciones, que según manifestaciones de otros integrantes de la comisión gremial, San Esteban estaba descuidando.

En medio de todo este berenjenal, se logró el objetivo y la cooperativa de Venado Tuerto surgió como una de las empresas mejor administradas de la provincia para orgullo de los venadenses que todavía hoy, cuentan con un servicio de buena calidad.


[1] Un libro extraordinario que cuenta una relación entrañable y feroz: la del autor con el Partido Comunista Argentino. En forma de monólogos que acentúan su carácter dramático, Jorge Sigal cuenta su larga relación con el Partido Comunista argentino. Las escenas se desarrollan con una fluidez fuera de lo común y revelan sobre todo la historia de extraños desenlaces, crímenes políticos, lealtades y traiciones que acarreó el enfrentamiento de una creencia y una ideología con la dura realidad. Dirigidos a distintos interlocutores y audiencias (entre los que pueden contarse un analista y una comitiva de «camaradas»), cada uno de estos textos reunidos forma un conjunto notable, tanto por su valor narrativo como por su importancia testimonial. Especie de sueño heroico y pesadilla, «El día que maté a mi padre» es además el combate de un solo hombre contra una tribu de autoridades. Libro atrapante, esclarecedor, inolvidable. (Contratapa del libro)




29 de mayo de 1962
Norma Mirta Penjerek (1946-1962) fue una estudiante de colegio secundario cuya desaparición, en el otoño de 1962, constituye uno de los hechos policiales de mayor repercusión en la historia del periodismo de Argentina.
La tarde del 29 de mayo de 1962, Norma Penjerek, una tímida adolescente de 16 años, salió de su clase de inglés particular en dirección a su casa, a una 20 cuadras de allí. Jamás llegó.
En los meses siguientes se desplegó un operativo policial sin precedentes para hallarla. La búsqueda pareció culminar con el hallazgo de un cuerpo femenino en un terreno baldío, el cual parecía corresponder a la muchacha desaparecida. Fue declarado oficialmente como el cadáver de Norma Mirta Penjerek y sepultado en el cementerio de La Tablada.
Pero éste sería apenas el comienzo de lo que llegaría ser considerado el mayor misterio de la historia policial argentina: “el caso Penjerek”.
Servicio Militar

En enero del año 1963 me convocaron al servicio militar obligatorio, el que cumplí desde  el 10 de febrero de 1963 hasta el 23 de marzo de 1964. Durante ese período tuve el privilegio de percibir el 50% de mis haberes, conquista del Sindicato de Luz y Fuerza y que no todos los gremios habían logrado. 

El 10 de febrero me tuve que presentar a las 7 de la mañana en la estación de ferrocarril Rosario Norte y al primero que encontré apoyado en uno de los soportes de la estación fue a Ramón Rodríguez, “El Turco”, que era de Sancti Spíritu y nos conocíamos del colegio. Cuando el turco me vio abrió los brazos se vino hacia mí y dijo: “¡Por fin encuentro un conocido!” Y a mí me pasaba lo mismo, porque de todos los conocidos de Venado, el único al que habían convocado primero fue a mí. Con el turco terminamos en la Escuela General Lemos de Campo de Mayo donde pasamos13 meses y 13 días.

Durante mi ausencia, ingresó como gerente de la Cooperativa el Ingeniero José María Vieguer, a quien considero el hacedor de lo que es hoy la Cooperativa. Trabajador incansable, inteligente y apasionado por su trabajo. A veces me pregunto si no ha sido injusta la comunidad de Venado Tuerto con este hombre. Nunca oí que se le haya hecho un reconocimiento a su labor. Creo que muy pocos tienen conocimiento de lo que significó planificar todo el servicio eléctrico, no sólo de Venado Tuerto, sino de toda la región. Los que lo sucedieron, tal vez hayan tenido que planificar la construcción de alguna que otra red, pero en aquél entonces no había nada de nada y además, se instalaron nuevos grupos electrógenos, lo que requería estudio y preparación para su puesta en marcha. En noches de tormenta, estaba junto a los empleados y pendiente de todo lo que ocurría, manteniéndose comunicado con la guardia y las distintas cuadrillas desde su oficina.

 Durante un tiempo fui secretario de la gerencia, cargo que ocupé muy poco tiempo porque después, siguiendo la escala del personal administrativo, pasé al sector cobranzas; y al igual que el trabajo de toma estado, que se hacía puerta a puerta, conocí a mucha gente. Incluso iba a cobrar a las localidades de San Francisco, La Chispa y Miguel Torres. Un año reemplacé al cobrador de Maggiolo que se había tomado vacaciones. En 2014 fui a visitar esos lugares y prácticamente todos han progresado, aunque La Chispa que era un pueblito ordenado, lo encontré totalmente abandonado.

Billetes al viento

Un día de mucho viento, eran las doce cuarenta y cinco, más o menos, iba en bicicleta a hacer la rendición de lo recaudado, cuando en la intersección de calles Alvear y San Martín se me cayó la billetera. Era un día de mucho viento y los billetes comenzaron a volar por los aires, y los cheques quedaron en la billetera porque estaban doblados en un compartimento aparte. Los empleados del Banco Ganadero (hoy Banco Río) vieron lo que sucedía y uno de ellos de apellido Verón (un muchacho que fue locutor en los inicios de LT29) me ayudó a juntar los billetes junto a otras personas que circunstancialmente circulaban por el lugar (entre ellos don Chiapinotto, el de los mostachos de la fábrica de elásticos); y entramos al banco para acomodar lo rescatado. Como dije antes, el viento soplaba a lo loco y algunos billetes no se recuperaron. Tuve un faltante y las autoridades de la Cooperativa no me apercibieron, pero me dieron la oportunidad de reponer el dinero en dos o tres veces (no era una cantidad exagerada, pero para mí era mucho dinero). Fue entonces cuando mis compañeros hicieron una banca y me ayudaron a la reposición. De todos los cobradores hubo uno  que se negó a colaborar, pero eso lo dejo de lado, las personas se conocen por sus actitudes. Recuerdo que quise de alguna manera recompensarlos por lo que habían hecho por mí, pagando un asado, pero mi amigo Armando Peppino me dijo: “Si pagás un asado para todos, te va a salir más caro que lo que perdiste”. De manera que el gesto solidario quedó simplemente en el agradecimiento, que hoy reitero en mis memorias.

COMPUTADORA

A fines de 1966 fui comisionado junto con Héctor “Cacho” Aguilera a tomar lecciones para el manejo de una computadora IBM que la cooperativa había comprado a principios de ese año a una empresa canadiense que ya la había dado de baja por obsoleta; la compra se efectuó a través de los auditores del Estudio Contable Suez, Gurruchaga y Asociados que había ganado el concurso de auditoría.

Estos auditores, y los técnicos de IBM, comenzaban a cobrar sus honorarios a partir del momento que el colectivo partía desde la Estación Once, en Buenos Aires; y los auditores lo hacían en vehículos propios, pero igualmente cobraban sus honorarios como los de IBM que viajaban en colectivo. Se pagaban sumas siderales en honorarios, lo que inquietó al gremio, que cuestionó estos acuerdos tarifarios, considerando que en Venado Tuerto había  profesionales idóneos para la auditoría. Años más tarde se priorizó a los postulantes locales.

La computadora contaba con tres cuerpos: La operadora, la lectora y la impresora. Aparte estaba la clasificadora de tarjetas.

El operador le proveía los datos por la operadora y los enviaba a la lectoraque ingresaba el nombre y dirección del abonado y el estado anterior del medidor; el operador digitaba el estado actual y le daba enter para que la máquina automáticamente hiciera los cálculos que luego trasmitía a la impresora. Esto sucintamente para tener una idea. Cada parte era un tremendo armatoste que prácticamente ocupaba la habitación de 4x4. También se arrendó una clasificadora, que ordenaba las tarjetas por apellido y nombre, o por domicilio, según se requería.

Hubo que montar una habitación especial con aire acondicionado para que las tarjetas no se humedecieran y se armó un equipo de trabajo transitorio de 6 operadores, 2 por turno (con acuerdo del gremio) para que se utilizara al máximo la máquina electrónica, dado que la facturación estaba atrasada 4 o 5 meses. Iniciábamos la jornada a las 5 de la mañana y nos retirábamos a las 19 divididos en tres turnos de 7 horas cada uno.

Al principio llevó mucho tiempo poner la máquina a punto. Fue muy complicado porque se estaba experimentando con los programas. Además se utilizaban distintos paneles y seguramente al retirarlos y volverlos a colocar algo se salía de madre y se complicaba todo.
13 de julio de 1961
Algunas versiones decían que la máquina había sido golpeada accidentalmente en el puerto, motivo suficiente para que no arrancara de entrada teniendo en cuenta la sensibilidad de todo el sistema. Finalmente se logró poner los programas a punto y se comenzó a trabajar con normalidad, aunque cada tanto sufríamos algún tropiezo. 
Creo que fue la primera computadora de esta amplitud que se instaló en Venado Tuerto, y por supuesto, hubo muchas críticas porque decían que suprimía personal, lo que resultó totalmente opuesto. A la máquina había que darle información y eso requería más gente y trabajo. Lo que tenía la máquina era la precisión. No había lugar a error matemático, contrariamente a los errores humanos que se detectaban en las facturas elaboradas a mano.

Cuando se puso la facturación al día, debió acelerarse la cobranza, que en ese tiempo era domiciliaria. Ahí se complicó nuevamente. Muchos abonados comenzaron a protestar porque se pasaba a cobrar cada 20/25 días. De todas maneras, lentamente fue normalizándose y se estableció flexibilidad para el pago. Aunque, a decir verdad, los morosos eran siempre los mismos y algunos abonados cumplidores querían pagar adelantado, lo que no se podía hacer por razones de organización, mientras que los morosos, hacían sus reclamos a través de organizaciones sindicales, ya que en ese entonces había gobierno de facto (Onganía/Lanusse) y no funcionaban los congresos y por consiguiente no había Concejo Municipal.

Tengo un vago recuerdo de los técnicos de IBM. El jefe era un tal Mansilla, hablador al dope; era un tipo que andaba siempre de traje y corbata, pero de aspecto desaseado. Era el que conducía el curso de programación y en esos días su señora había tenido familia y el tipo se venía a las oficinas de IBM, que entonces estaban en Paseo Colón, cargando a la criatura con un moisés. 

 Solía venir a reparar los desperfectos un tal Cardozo, un tipo de buena onda; suboficial retirado del ejército.  Del estudio de auditores venía un pibe a quien apodamos “bombachita de goma”, porque no se levantaba ni para orinar; un tal Guerra, rubio petiso, parecido a Ulises Dumont, que era la joda total. Siempre recuerdo que los tipos criticaban al personal de la cooperativa porque a las 13:01 minutos ya estaban marcando la tarjeta de salida. No sé qué pretendían, ¿que nos quedáramos a dormir en la cooperativa? Además se cumplía estrictamente con las 7 horas corridas. Ellos estaban acostumbrados a otro ritmo de vida y aparentemente trabajaban sin horario y con remuneraciones mucho mayores.

Algunas anécdotas al paso
Fecha: 10/08/16
Hace unos días me encontré con uno de los hermanos Nievas y recordábamos los tiempos de trabajo en la Cooperativa de Electricidad. Entre otras cosas le comenté que días pasados me había encontrado con Néstor País.  No pude seguir comentándole mi encuentro, porque se adelantó para decirme: “Pero si el petiso País se murió”. “No -le respondí- si estuve con él hace unos días, cuanto mucho un mes atrás”. Entonces el comentario siguió con que si había muerto o no. Yo seguía sosteniendo que aún estaba con vida. No obstante, unos días después
pasé frente a la casa de Néstor y me encontré con su vecino, a quien impuse sobre lo que me habían informado. El vecino me dio la razón. Néstor estaba vivo, pero fue internado en un geriátrico porque necesitaba atención permanente. En consecuencia, seguía con vida. Moraleja: “Le prolongué la vida al petiso”.
A Nievas le quería comentar que cuando me encontré con Néstor, le había dicho que hacía unos días estaba mirando fotos viejas y me encontré con varias del gremio de Luz y Fuerza; entre ellas, una que fue tomada en una cena que se sirvió en el antiguo Club Central (hoy ISES) de calle Mitre.  En esa foto, de los 24 que estamos en ella, solamente quedamos 6 con vida: Vivas, Burgos, Latini, Orañe, País y yo. Los demás son finados. (Año 2017)


"Mi tía Brígida"

Un día me llamó a su oficina el gerente de la Cooperativa, el Ing. José María Vieguer. Era para preguntarme si la señora Brígida Kenny domiciliada en calle Casey 450 era mi tía. “Sí, le contesté, efectivamente es mi tía y además mi madrina”. Confirmado el parentesco, el gerente continuó: “Usted sabe que la señora ha venido a radicar una denuncia, diciendo que el cobrador le había arrebatado la cartera haciendo una maniobra que la hipnotizó. Además dijo que usted era su sobrino pero no quería que le dijéramos nada sobre este hecho. El tema es que se trata de un asunto muy delicado y no sabemos qué actitud tomar, teniendo en cuenta que involucra a uno de los cobradores, cuya honestidad y corrección no está cuestionada. Además le dijimos que teníamos que labrar un acta que debía firmar; fue ahí cuando se puso de pie y dijo que ella no firmaría nada y se retiró”.

Demás está decir que el asunto me cayó para la m… Pero como ya sabíamos en el ambiente familiar que tía Brígida andaba a los tumbos con su sesera, respiré hondo y le pedí al gerente que por favor desestimara la denuncia porque la anciana no estaba en sus cabales.

Unos días antes en la carnicería del señor Musini que estaba en calle Belgrano y 9 de julio, había protagonizado un hecho similar. Cuando llegó el momento de pagar la compra, no encontraba el monedero y lo encaró a un cliente que estaba esperando ser atendido: “Usted me robó la cartera” le dijo increpándolo fuertemente. El hombre levantó los brazos sorprendido negando la acusación, entonces el dueño del negocio le pidió a mí tía que se fijara bien en el bolso donde tenía la mercadería mientras trataba de ayudarla, pero ella se opuso y en un aparte comenzó a hurgar por su cuenta entre la carne y la verdura, y allí encontró su cartera. La vieja estaba perdida, pero más que nada, vivía obsesionada con que todo el mundo quería robarle la plata. Finalmente pagó su cuenta y se retiró sin disculparse.

El tema del dinero entre los ancianos suele ser traumático, máxime cuando han sido estafados. Eso fue lo que le pasó a mi tía Brígida. Después del fallecimiento de su esposo (Bernardo Kenny, hermano de mi madre), y por "consejo" de sus sobrinos que vivían en Buenos Aires, se le antojó vender el campo (unas 80 hectáreas en el Distrito San Eduardo). Mis viejos hicieron lo imposible para que revirtiera su propósito, pero la palabra de sus sobrinos pesó más y la vieja vendió la propiedad a Don Luis Ferrari. La segunda embestida de mis viejos fue para que depositara el dinero en algún banco oficial, dado que la inflación la iba a dejar en la violeta. Pero ¡Oh sorpresa! la anciana invirtió su dinero en la financiera ONAPRI que en Venado Tuerto regenteaba el hermano de su vecina "Chola" Pando. Nunca admitió haber entregado su dinero en esa financiera, hasta que explotó la escandalosa estafa cuando la financiera presentó quiebra. 

¿Por qué mi tía iba de compras el negocio del señor Musini, habiendo otros negocios similares a la vuelta de su casa? La razón era muy sencilla, otra de las víctimas de la estafa fue don Spigariolo, un tano avaro que tenía su peluquería por calle Belgrano a 50 metros del negocio de Mussini. Spigariolo era la voz cantante de los estafados y quien alborotó el avispero en Venado Tuerto. Hubo muchos otros inversores que guardaron silencio, porque no convenía reclamar a viva voz el lavado de dinero. Algo similar a lo que pasó muchos años después cuando el Obispo Mario Picci recibía dinero en negro para la mesa financiera que regenteaba su hermano en Buenos Aires.  Muchos de comunión diaria se mandaron a guardar sin reclamar su dinero. Era la época propicia para la timba financiera, donde se inventaban secuestros extorsivos en medio del despelote generalizado entre guerrilleros y milicos. Entonces no se sabía cuál era un secuestro real y cual uno armado.

Volviendo a ONAPRI,  los diarios de la época resaltaban que Venado Tuerto, entre otras, había sido la ciudad del interior mayor afectada por los estafadores.

Ver: "Affaire" ONAPRI: 22 de Enero de 1963  https://youtu.be/MsL_KNfxPsc

De los Ordenanzas


Sin café
Cuando el cadete cumplió sus 18 años pasó a ser auxiliar de administración y entró en su lugar un empleado con el cargo de ordenanza. El cadete ejercía su trabajo con gran solvencia y cuando llegó el nuevo, lo puso al tanto de todas las tareas a su cargo, entre ellas, la de preparar el refrigerio que debía hacerse en dos tandas ya que había una sola cafetera eléctrica. En ese tiempo había que tener cuidado de no dejarla enchufada más de lo debido porque se evaporaba el agua y se fundía.
Una tarde se sintió un ruido extraño en la cocina y cuando entramos nos encontramos con la cafetera prácticamente desmantelada: pico y manija caídos sobre la mesada y la cafetera al rojo vivo.  El flamante ordenanza se fue a hacer unas diligencias y dejó la cafetera enchufada para ir ganando tiempo. Resultado: el artefacto fundido y el personal sin refrigerio.
Con posteridad el hecho originó todo tipo de comentarios jocosos, porque el ordenanza, para zafar, no tuvo mejor idea que argumentar que “algún chistoso” le había enchufado la cafetera durante su ausencia para perjudicarlo. Un absurdo.

Tiempo después hubo ascensos y ocupó el cargo de ordenanza un empleado que, por razones de salud, pasó de la Planta Generadora a la Administración. Un día de mucho ajetreo, tenía que llevar unos cheques para que firmara el tesorero de la Cooperativa, socio y jefe de ingeniería técnica de la empresa Construcciones Metalúrgicas, que estaba ubicada a considerable distancia del centro de la ciudad.  Para “ganar tiempo” el empleado no tuvo mejor idea que hablarle por teléfono al tesorero y pedirle que se acercara hasta la administración para firmar los cheques. El ingeniero llegó al toque, pero lo hizo con una carga considerable de fastidio, porque debió dejar su trabajo para aliviarle la tarea al ordenanza. No merece comentar lo que sucedió después, pero sí recordar que el hecho originó un sinfín de comentarios y chistes de distinto calibre.

Del Secretario del Consejo de Administración


Autoconvocatoria
La Coop. de Electricidad de Venado Tuerto era el centro de las reuniones que periódicamente organizaba la FESCOE (Federación de cooperativas de Electricidad, Obras y Servicios Públicos Ltda.) y las convocatorias se hacían a través de la secretaría del  Consejo de Administración. En cierta ocasión el ordenanza comentó que el secretario del Consejo había enviado en varias oportunidades una invitación a la cooperativa de Venado Tuerto  (ergo: se auto-convocaba). Esto quedó al descubierto cuando retiró la correspondencia de la casilla de correos y se encontró con un sobre con membrete de la cooperativa. Primero pensó que era una carta devuelta, pero cuando hizo entrega de la correspondencia, el gerente comprobó la equivocación. De ahí que el ordenanza, que era muy bicho y se prendía en todas las bromas, comentó el hecho entre sus compañeros. El resto del personal -que tampoco se quedaba atrás- tomó el asunto para jugarle una broma al secretario, que presumía tener un mayor intelecto que el resto del persona, el equivalente a un burócrata “sabelotodo”. Sin perder tiempo los vagos redactaron una nota de apercibimiento con la firma truchada y el sello del gerente cuyo texto decía algo así como “por causarle gastos innecesarios a la cooperativa debido a su inoperancia se lo sanciona con...” y le dejaron el sobre en el escritorio. Todos estaban expectantes esperando que el sabieondo llegara a la oficina y se ubicara en el escritorio. Cuando el tipo llegó, lo primero que hizo fue abrir la carta, le dio una rápida mirada y se puso blanco como un papel. Miraba para todos lados como buscando ayuda, estaba desorientado, y al toque entró en pánico. Comenzó a gritar incoherencias ¡No dejaba de putear! Se había vuelto totalmente loco. Quería hablar con el gerente -que todavía no había llegado- para hacer su defensa. Finalmente tras largos conciliábulos sin éxito, lograron arrebatarle la carta y destruirla antes que llegara el gerente mientras continuaban intentando explicarle que se trataba nada más que de una broma entre compañeros. ¡Qué quilombo se armó! A tal punto que los autores de la broma estaban desesperados porque no imaginaron semejante reacción. No había manera de calmarlo mientras los minutos volaban  y el gerente llegaría en cualquier momento. Ante el panorama, una de las damas le dio un tranquilizante con un vaso de agua y medianamente se calmó. Estaba totalmente KO. Desde ese día su comportamiento cambió radicalmente con el resto del personal. Dejó de lado su presumida infalibilidad y pasó a ser uno más del plantel administrativo. En cuanto a los bromistas, no la pasaron muy bien, porque nunca esperaron semejante resistencia. Más tarde se enteraron que el hombre había estado internado por su adicción alcohólica y que estaba en tratamiento psicofármaco. 
Este relato lo hago en tercera persona porque no participé de la broma, sino que presencié  el despelote desde afuera porque en ese tiempo era cobrador y solamente estaba en la oficina cuando se rendía la recaudación. 

De los Guardia/Reclamos
Corte de luz
Era una noche de pleno verano, cuando Pedro P. estaba a punto de disfrutar de la cena y se cortó la  luz. El problema estaba en la casilla ubicada en la Escuela Fiscal 496 de calle Casey, a escasas 5 cuadras de su casa de Rivadavia entre Tucumán y 3 de febrero.

Pedro había entrado a trabajar a la usina muy jovencito y conocía muy bien el sistema operativo de la cooperativa, especialmente en la sección de guardia reclamos. Llegar a la guardia indicaba que ya había pasado los primeros escalones desde su ingreso cuando comenzó haciendo pozos para las palmeras del cableado, treparse por las escaleras hasta la red, cambiar lámparas del alumbrado público, reponer fusibles domiciliarios, además de otras contingencias inherentes al servicio eléctrico. Ahora atendía la guardia de reclamos. Durante el día había habido cortes de luz en distintos sectores de la ciudad, propios de la época estival, de manera que para Pedro no era novedad. Esa noche quería cenar con luz mientras escuchaba el “Glostora Tango Club”, de manera que se calzó la camisa, montó su bicicleta y llave en mano, se fue hasta la casilla de calle Casey. Allí bajó la palanca y volvió para disfrutar de su cena con luz y escuchando tangos. Los vecinos agradecidos.

Pero el tema no terminó ahí. A unas cuadras del mismo sector, el guardia de turno estaba a punto de arreglar el desperfecto pero no alcanzó a llegar hasta la red porque súbitamente las luces se encendieron. Preocupado y con un cagazo de aquellos, el guardia se fue hasta  la casilla y se encontró con que “alguien” había reconectado el fusible de la estación transformadora. El hombre se salvó de  quedar electrocutado. La imprudencia y el ufanarse de saber más allá de sus obligaciones, puso en peligro la vida de una persona. En este caso, los únicos que manejaban el sistema eran los que estaban de guardia, pero Pedro quiso hacer mérito por cuenta propia, lo que pudo haber originado un desastre. Demás está decir que la sanción fue muy severa y que el gremio no hizo ningún cuestionamiento, a pesar del pedido de algunos que querían evitar la sanción.

Pedro era así de desorejado. Le gustaba hacer discursos elocuentes sobre cualquier tema y donde fuere, no tenía límites. Era un libro abierto con errores ortográficos; hacía encendidas defensas de los trabajadores repitiendo permanentemente el mismo slogan, copia fiel de algunas expresiones vertidas por Perón o Ricardo San Esteban, militante del PC y secretario general del Sindicato de Luz y Fuerza. Pero de nada le valían. Seguía siendo el mismo Pedro P.

En las asambleas anuales de la Cooperativa había que anotarse para hacer uso de la palabra y cuando desde la mesa que dirigía la reunión le cedían la palabra, se oía un murmullo general en toda la sala porque había que ser muy macho para aguantarse quince o veinte minutos de matraca, que comenzaba en un punto pero nunca se sabía adónde iba a terminar.

Hasta hace algunos años, se comunicaba por teléfono a un programa pedorro de una radio local que se trasmitía los días domingos. Digo pedorro porque hay que serlo para darle tanto espacio a una persona que no tenía la capacidad para estar saliendo al aire diciendo incoherencias. Aparentemente, por lo que me dijeron, lo hacían para divertirse, lo que, por cierto, era de muy mal gusto.

La última vez que lo crucé a Pedro, era ayudado por otras personas para caminar. Estaba muy mal de salud.

“El Hornero” el boliche del “Pepe"
Un viernes a la noche se organizó la despedida de soltero de un compañero de trabajo, y por supuesto, allí estuvimos todos para el festejo. Si había farra, no importaba de qué sector era el agasajado; allí estábamos todos listos para pasar un buen rato entre amigos. Sobre las despedidas o cumpleaños hay infinidad de anécdotas, porque salir de joda los viernes era un clásico, aunque algunas terminaran más accidentadas que otras.

La noche de esta despedida, después de cenar y ya entrada la noche, nos fuimos a conocer un nuevo piringundín (de aquellos que llamábamos “cabaret” aunque  lo menos que tenía era de un cabaret) donde tomamos las últimas copas mientras escuchábamos música y presenciábamos algún “show” berretongo.

El “cabaret”  se llamaba “El Hornero” y estaba ubicado sobre ruta nacional Nº 8 camino a Buenos Aires y su propietario era un tal "Pepe", un carnicero que era más popular por sus actividades en el submundo prostibulario que por su oficio. Antes de avanzar conviene aclarar que el nombre “El Hornero”, se debía a que la casa de construcción precaria, tenía sobre el dintel de entrada a dos aguas, la casita de un hornero.

El lugar era de lo más lúgubre y desagradable que pueda uno imaginarse. Cuando llegamos había unos agentes de policía (de civil, pero conocidos por todo el pueblo) que pedían el nombre a todos los que entraban, característica común entonces. Recuerdo que una noche estábamos por entrar y delante nuestro había unos veteranos habitué, que a medida que iban entrando daban a conocer su identidad que los canas anotaban (no se sabía qué, porque no se veía un carajo) en una libreta. Entre los de la fila estaba el petiso Castells, un solterón de buena onda que frecuentaba todos estos tugurios -y de paso- le calmaba los nervios a las despechadas que encontraba a su paso. Decían que el petiso cargaba una buena pila, pero eso está en duda, lo que sí tenía cargada era la billetera. De todas maneras cuando le tocó el turno de entrar se identificó como Borgarino, Ernesto y el cana volvió a preguntar: “¿Ernesto qué?”, "Borgarino", respondió Castells y se zampó en el burdel.

Pero el tema se complicó más tarde, cuando de pronto se oyó un ruido estruendoso fuera del local, parecía como que algo se hubiera caído y sacudió el boliche y se cortó la luz. Entre una linterna pedorra, más algunos encendedores y fósforos que apenas  iluminaban el ambiente, logramos salir para ver qué carajo había pasado. Lo raro era que la chata de la cooperativa estaba con las luces encendidas bien frente al local mientras el empleado intentaba recuperar la escalera que estaba tirada en el suelo con la columna del medidor hecho pelotas. El empleado era Rodolfo G., que esa noche había estado en la cena de despedida y tomó la guardia a las 24 horas.

Resumiendo: El tipo, muy vago, sabía que a la madrugada íbamos a estar en el antro y para seguir la farra, no tuvo mejor idea que "inventar" un pedido “por falta de luz”  en el cabaret “El Hornero” y hasta allá se fue para “solucionar” el problema.

Cuando llegó -seguramente muy adobado y -como siempre haciendo alharaca- apoyó la escalera contra el tapial del medidor (que no tenía soporte trasero) y apenas subió unos escalones, el excesivo peso del cuerpo tumbó la columna, cortó los cables y saltó el fusible.  La situación se tornó caótica y el puterío se alborotó. Entre una cosa y otra, con un poste que “alguien” en la emergencia proveyó, se amarró lo poco que quedaba de la columna, se conectaron los cables a la red y volvió la luz.

A todo esto ya estaba despuntando el día y “El Pepe” puteaba enloquecido. El gordo le había arruinado el negocio de la noche más concurrida.


En otra despedida de soltero, sucedió que el organizador de la cena llevó en su auto dos kilos de harina y una docena de huevos, pero no se lo dijo a nadie para que fuera sorpresa.  La idea era embadurnar al novio  después de la cena y seguir la farra en algún piringundín. Pasó que el programador se mamó y se olvidó de la harina y los huevos.  Al lunes siguiente nos enteramos que el hombre había dejado el auto estacionado sobre la calzada frente a su casa porque no estaba en condiciones de embocar la puerta del garage. La esposa muy hacendosa, se puso a limpiar la casa y cuando fue a barrer la vereda vio que adentro del auto estaban los paquetes de harina y los huevos. La mujer, que de por sí era tremendamente celosa, enfurecida y con escoba en mano, se fue hasta el dormitorio y le empezó a pegar escobazos mientras gritaba: “Así que ahora le llevás harina y huevos para que tu puta te haga una torta” El marido, que todavía le duraba la resaca nocturna, no sabía qué estaba pasando y mucho menos lo que decía la mujer enloquecida. El pobre tipo se levantó a los tumbos y se fue a duchar tratando de adivinar el por qué de la locura de su mujer… El asunto se aclaró cerca del mediodía a la hora del almuerzo con los hijos.